¡YO NO HE SIDO!

No ha sido mía la idea de poner ese extraordinario coche en la portada. Pedí ayuda para adornar un poco el muñeco —el blog— y me llegó desde los dulces parajes de Irlanda; en algún lugar de Dublín, cerca de un puente precioso y de unas casas que parecen dibujadas, se me conoce bien. Pero, la verdad sea dicha, y no creo que haga falta insistir en ello ni que tengamos peleón a la vista: es evidente que siendo maravilloso este Austin-Healy (creo acertar) no es el “dream car” porque ese galardón solo le puede corresponder al automóvil de belleza perturbadora, casi hiriente, la máquina más extravagantemente hermosa que nunca se haya diseñado y a la única que los joyeros Van Cleef & Arpels consideraron merecedora de cubrir con diamantes y esmeraldas la “V” de su logotipo.

Hablo de Cadillac. Hablo de Cadillac Eldorado. Hablo de Cadillac Eldorado 1959 y toda su familia. ¿De quién sino iba a ser?

Visto por detrás, parece que un conjunto de cohetes (taillights) le van a dar impulso y llevarlo hasta las estrellas. Por delante tiene cara de bueno. Cuando el conductor da un frenazo, se queda parado en seco… pero toda su estructura sigue balanceándose como un flan de gelatina. Los asientos corridos como sofás, el parabrisas panorámico, el cambio arriba, en la columna de dirección… son detalles que se han perdido en los coches actuales (todos los cuales parecen boniatos). En 1959 (no, no es un error: mil novecientos cincuenta y nueve) Cadillac-General Motors ofrecía como opción radio con presintonías, dos tipos de suspensión, climatizador, control de luces, cierre eléctrico de puertas, dispensador de cigarrillos, departamento femenino con maquillaje y perfume Arpège, cuatro vasos metálicos imantados… en fin, un sinfin de comodidades y detalles que ahora nos venden como novedades.

 

[Sobre la cama (ha sido mi consuelo durante este día tan largo de dolores) una novela que de puro mala me está gustando y la voy a mediar pronto: La Décima Sinfonía, de Joseph Gelineck (seudónimo), una mezcla no demasiado conseguida de crímenes, misterios al modo “código da Vinci” y Música. Sobre todo el argumento planea la titánica figura de Beethoven. El personaje estelar, en un momento de la novela, cuenta cómo descubre a su padre llorando en una habitación a oscuras escuchando la Novena Sinfonía. Sonaba el Adagio, con el que hasta las piedras se conmueven. ]

 

·LECTORI SALUTEM·

 

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